La historia de Alejandro Magno no estaría completa sin Bucéfalo, su imponente caballo de Tesalia. Su vínculo no fue producto del azar, sino de una hazaña de observación que demostró, desde muy temprano, la agudeza intelectual del joven conquistador. Cuentan las crónicas que un tratante de caballos ofreció al animal al rey Filipo II por una suma astronómica, pero el ejemplar se mostraba salvaje, encabritándose ante cualquiera que intentara acercarse. Mientras el rey, decepcionado, ordenaba retirarlo por considerarlo inútil para la guerra, Alejandro intervino, apostando que él mismo podía domarlo.

