Por Manuel Tiberio Bermúdez
Algunos aseguran que los perros fueron los primeros en domesticarse. Todo debía de comenzar cuando alguna noche un lobo hambriento llegó hasta un grupo de nuestros antepasados en busca de alimento. Meneó la cola, miró al hombre que no hizo un ademán para ahuyentarlos y, poco a poco, se volvieron compañeros.
De los gatos se dice que las primeras comunidades agrícolas los adoptaron
al descubrir que protegían sus granos de
los roedores. Vieron cómo ayudaba a que sus cosechas no se perdieran entre los
dientes de esos pequeños intrusos y los
dejaron vivir en su entorno. Más tarde los humanos incorporaron a su mundo
familiar aves, peces y otras especies buscando alguna conexión con la
naturaleza que camina en sus genes.
A propósito, el término «mascota» proviene del francés mascotte, que significaba amuleto o buena suerte. La palabra viajó
en muchas bocas y se convirtió en el nombre con el que se designa a los
animales que hoy forman parte de la cotidianidad de las familias.
Pero no solo esos seres amistosos ofrecen compañía; está comprobado que tenerlos
aporta bienestar de múltiples formas: minimizan la soledad, ofrecen compañía y
ayudan a combatir el —hoy tan presente— estrés y la ansiedad, y de paso
refuerzan los vínculos afectivos.
Otros beneficios de tenerlos son que promueven en sus propietarios valores
como la responsabilidad, el cuidado, la empatía. Ni qué decir de los beneficios
físicos, pues las caminatas o juegos con
ellos fomentan la actividad física. Algunos informes señalan que «convivir con
mascotas mejora la salud cardiovascular y fortalece el sistema inmunológico».
Hoy son muy pocos los hogares que no tienen una mascota. Según algunas
cifras el 67% de los hogares conviven al menos con una: los perros ocupan el
primer puesto con un 60%; mientras que los gatos alcanzan el 40%. Les siguen
los peces, las aves y algunos pequeños mamíferos.
El afecto por las mascotas es tan apreciado que hoy han aumentado los
lugares denominados Pet Friendly, es
decir, sitios amigables con ellas. Ya no es raro verlas en centros comerciales,
restaurantes, parques e incluso en hoteles y alojamientos que dan cabida. En
otras palabras, las mascotas ya no son únicamente para estar en casa: acompañan
a sus dueños a donde ellos van y forman
parte de la vida cotidiana de los seres humanos.
Bien lo hizo aquel primer lobo hambriento que se acercó temeroso, a buscar
los restos que el humano había dejado. Esa mirada inicial estableció lazos de
amistad que ha perdurado hasta nuestros días.
Pasaron de la vida salvaje a formar parte de las comunidades humanas que
hoy les abren sin temor sus hogares y los han convertido en un miembro más de
la familia. ¡Bien por aquel primer lobo arriesgado!

