El ropaje de las aves son las plumas. Las hay de muchas clases y colores y
normalmente se pierden ya que pocas personas les encuentran uso, a excepción de
los indígenas que elaboran bellos tocados para sus ceremonias.
Pero en Cali, hay un artista que se dedicó a pintar sobre plumas de aves.
Esta es su historia y una charla con el artista.
Cada artista elige la superficie sobre la que quiere plasmar su creatividad: lienzo, madera, yeso, vidrio, cuero, metales etc.
Pero hay quienes
eligen superficies poco comunes en las que otros pintores no optarían para sus
trabajos.
Tal es el caso de
Harold López, un contador caleño que desertó de los números hace más de
25 años. Dejó de hablar de finanzas, de libros de contabilidad, de
los cortes mensuales y se decidió por el arte.
Su puesto en el Parque
el Peñón, es uno de los más llamativos porque realiza una labor muy particular:
pinta sobre plumas de aves.
Desde niño sintió
afecto por el dibujo. El dinero para los recreos lo obtenía de hacer los
dibujos a sus compañeros: muchos bolívares, santaderes y otros próceres fueron
sus primeros ejercicios de dibujo.
«Mi madre apoyaba mi inquietud hacia el arte, pero mi padre era un hombre
clásico que quería en su casa un ingeniero o un abogado, un contador, un
economista o un médico y terminé matriculándome en Contaduría» –recuerda
Harold-. Ya graduado y en compañía de su hermano abrió oficina y
durante unos 16 años se dedicaron a asesorar empresas.
Alguna vez realizó un
viaje a Costa Rica. Durante la visita a una reserva indígena vio el trabajo de
un Chamán, quien para sus curaciones pintaba imágenes sobre plumas. «Hacia dibujos sobre plumas de aves y
luego las colocaba en el pecho del paciente según la enfermedad que padeciera.
Así curaba a sus enfermos. Eran practicas milenarias en las que confiaban quienes
se sometían a sus curaciones».
«Yo vi el trabajo del Chaman pero me pareció muy elemental; eran como
figuras abstractas. Me decían que había pintado un águila, pero yo no veía el
águila por parte alguna. Yo veía colores y algunos trazos hechos con pigmentos
de plantas. Eso me llamó la atención y quedé intrigado con el asunto».
De pluma en pluma…
«Yo vivía en Costa Rica en una casa en la que tenían palomas y claro,
dejaban mucha plumas por ahí. En esas plumas empecé a practicar el dibujo y
obviamente se me dañaban pues son muy delicadas. Yo no tenía una técnica que me
permitiera prepararlas para que sirvieran de soporte a mis dibujos, todas se me
despelucaban, se abrían».
«Hice muchos experimentos hasta que fui adquiriendo un método: empezaba a
pintar la pluma desde la vena central, hacia afuera siguiendo la dirección de
la pluma. También aprendí, luego de mil ensayos, a darle unos puntos de amarre
a la pluma mediante un pincel y acrílico bastante líquido. Pongo gotas y voy
realizando una especie de bosquejo de lo que va a ser el dibujo que quiero
pintar, utilizando el espacio de la pluma a los que denomino: puntos de amarre.
Luego con un pincel muy fino voy perfeccionando el tema: lo otro ya es darle
terminado a la pintura, detallarla».
No regale su
trabajo…
Pero luego que
aprendió la técnica, se fue a Panamá, y su pensamiento fue: ¿Y sí puedo
vivir de esto? Hizo cálculos: arriendo, alimentación, transporte….como que no
daban las cuentas.
Una pluma de las que
el pintaba en ese momento difícilmente podría venderla por 5 o 6 dólares y
gastaba más de 20 dólares en su sustento diario. Debería, según cálculos,
vender unas 10 plumas para que al menos algo le quedara.
«Pero la suerte estaba de mi lado –rememora Harold- cerca al Canal de
Panamá en una tienda compre cinco cuadritos chinos, les quité los marcos
y enmarqué unas plumas que tenía pintadas. Me fui a la calle. Las exhibí
para ver si lograba venderlas. Era un almacén agáchese en Panamá».
«Inicialmente me sentí como avergonzado pensaba en qué diría alguien que me
conociera: que el contador, el caleño exitoso, estaba vendiendo plumitas en la
calle».
“Paso por mi puesto un miliar americano y me preguntó por el valor de cada
cuadrito. Con mucho susto le dije que a ocho dólares la unidad. El hombre me
miró y dijo:
—No señor; no regale su trabajo; y me dio 100 dólares por todos los
cuadritos. Me sentí rico y esa tarde me fui al cuarto en el que vivía, alegre y
optimista”.
«Aquel militar me invitó a que fuera al Fuerte Davis, que quedaba cerca a
las exclusas de Miraflores, y que llevará plumas pintadas. Me recibió en
la portería y me ubicó a la entrada de un Casino de Oficiales y en menos de dos
horas ya había vendido, al precio de 20 dólares, los 10 cuadros que había
llevado. Seguí yendo todos los domingos con gran éxito de ventas”.
El trabajo de Harold
ha estado en constante evolución: los marcos, el papel que usa de fondo, las
plumas que inicialmente eran de palomas y de gallina, y no encontraba
donde surtirse de plumas más llamativas de mejor calidad. Tuvo que convencer a
los activistas en favor de los animales que el hecho de trabajar con
plumas no afectaba en nada a las aves ya que estás las mudan constantemente y
por lo regular iban a parar a la basura.
En Panamá inicio una
temática: pintar sitios turísticos en las plumas. El Canal de Panamá en
una plumita no era nada fácil y eso quitaba mucho tiempo.
“Hice un cambio hacia los felinos, aves, temas complejos, de bastante
colorido, pero que no demandaban tanto tiempo”.
Tipos de
plumas en los que ha pintado
La pluma más exótica
sobre la que Harold ha pintado es sobre pluma de Cóndor. “Hace unos 19 años participe en una Feria en Holguines Trade
Center de la ciudad de Cali. Estaba recién llegado de Centro América y visite
el Zoológico de Cali para surtirme de plumas. Logré que me entregaran cuatro
plumas de Cóndor, mudadas por el animal por supuesto”.
“Estas plumas son espléndidas pues tienen unos 50 o 60 centímetros de
largo, y tiene un ancho como de 20 centímetros. En esas plumas pinté: en una,
la iglesia y la colina de San Antonio; en otra la iglesia de La Merced; en la
tercera la Iglesia de La Ermita y en la cuarta, la Hacienda El Paraíso. Era
como pintar sobre un gran lienzo. Logré vender aquellos trabajos a una sola
personas por 100 mil pesos cada pluma, un precio irrisorio por la calidad
de las plumas y de los marcos que tenían pero quedé satisfecho.”.
¿Qué dicen los
otros artistas, los que utilizan lienzo para sus trabajos, respecto a lo que
hace en las plumas?
“La verdad es que son muy pocos los que reconocen mi trabajo, muy pocos
hablan de lo que hago, pocos me dan una palabra de reconocimiento a lo que
pinto. Creo que lo consideran un arte menor, quizá por el soporte que uso para
pintar, aunque yo también puedo hacer pinturas de gran formato me siento muy
bien con lo que hago sobre las plumas. Y creo, que a diferencia de muchos,
todos los días pinto y todos los días vendo”.
Sobre las personas que
compran sus trabajos Harold señala que le compran desde los más humildes hasta
personajes de la política; del mundo de la música: actores de cine, en fin a
muchas personas les gusta lo que hace.
“Las torcacitas votan unas plumas cafecitas y pequeñitas. Sobre esas plumas
yo pinto. Hay un ave que se llama Turpial, bota una pluma amarilla que no mide
más de un centímetro de diámetro, es un amarillo hermoso. Sobre esa pluma yo
pinto un colibrí esmeralda y se ve precioso, lo vendo como un arete
solitario para dama”.
¿Ha pintado
sobre plumas de gallinazo?
“Si y son excelentes para pintar, pero la gente ha estigmatizado esta ave
ya que la asocian a lo infeccioso. Pero son muy buenas plumas. Por respeto a la
gente no las uso”.
¿Cuál es la
pluma por la que debe de pagar más para pintar sobre ella?
“Recién llegue a Cali, así las personas supieran que iba a hacer con las
plumas, me regalaban las que recogían. Hoy, me las venden. Donde compro no me
dan oportunidad de escogerlas. Me entregan un paquete y me dicen que vale, por
ejemplo, cien mil pesos. Pago y cuando voy a revisarlas hay muchas en mal
estado, que no sirven. También compro individuales, de Guacamayo, de Águila que
puede costar 10 o 15 mil pesos. Pintar sobre esas plumas no me conviene mucho
porque normalmente yo generalizo el precio. Así pinte un colibrí o un elefante,
yo les pongo el mismo precio. Todos los separadores para los libros los vendo a
15 mil pesos”.
¿Ha pintado
alguna vez sobre un ave viva?
«No. Una vez una señora tenía una gallina blanca, hermosa, me pidió que
pintara alguna de sus plumas. Le explique que para poder pintar sobre las
plumas de la gallina había que dormirla, y que yo no sabía hacerlo. ¿Y cómo
hacer que una gallina se quede quieta? Así que le dije que definitivamente no.
Lo que si pinté alguna vez fue un pollito, más fácil de tenerlo en la mano,
pero a medida que fue creciendo la pintura se perdió”.
¿Sobre qué
pluma quisiera poder pintar y que no lo ha logrado?
“Quisiera volver a pintar sobre una pluma de Cóndor. Como en el Zoológico
me compran algunos productos para venderlos en la Zootienda, he recomendado que
cuando el Cóndor mude de plumas que me las guarden…no se ha dado todavía. Deseo
también pintar sobre una pluma de Águila Calva americana, pero en una pluma
guía de alguna de sus alas ya que son grandes y hermosas”.
¿Sobre qué
pluma no pintaría?
“La de avestruz, no porque no sea capaz, sino que sobre ella no se puede
pintar por su textura.”
¿Qué tema le gustaría pintar y que aún no lo ha hecho?
“Creo que he pintado de todo: retratos, sitios emblemáticos de ciudades;
desnudos, felinos, caballos, pájaros, creo que he pintado de todo. Pero las
personas compran más las pinturas de aves endémicas de nuestra región, los
felinos, los caballos, lugares emblemáticos de la región y las mariposas. Las
damas lo que más llevan son colibrís y mariposas”.
¿Qué piensa
del dicho: “votó las plumas…?
«Es un dicho de doble sentido. Pero de hecho algunos amigos cuando yo me
disgustaba por algo, me decían: votó las plumas haciendo referencia a mi
oficio»…





